Entusiasmo Energizado

Un Apunte sobre Teurgia

 

Traducción de

Pyramidos Clerk House

 

 

 

I

 

IAO el Uno supremo de los Gnósticos, el Dios verdadero, es el Señor de esta obra. ¡Invoquémoslo por lo tanto por el nombre con el que los Compañeros del Arca real blasfeman, para ayudarnos a exponer en este ensayo los recursos que nos ha conferido!

 

II

 

La consciencia divina que es reflejada y refractada en las obras del Genio se alimenta de cierta secreción, según creo. Esta secreción es análoga al semen, pero no idéntica a él. No hay sino pocos hombres y pocas mujeres, siendo esas mujeres invariablemente andróginas, que la posean en cualquier momento y en cualquier cantidad.

 

Tan estrechamente está conectada esta secreción con la economía sexual que a veces me parece como si pudiera ser un subproducto del mismo proceso que genera el semen. Que cierta forma de esta doctrina ha sido generalmente aceptada se hace patente en las prohibiciones impuestas por todas las religiones. Se ha asumido que la santidad depende de la castidad, y la castidad ha sido casi siempre interpretada como abstinencia. Pero dudo que la relación sea tan simple como esto implicaría. Por ejemplo, encuentro en mí mismo que las manifestaciones de fuerza mental creativa siempre coinciden con alguna condición anormal de los poderes físicos de generación. Sin embargo, no es el caso que largos periodos de castidad, por una parte, o el excesos de orgías, por otra, sean favorables para su manifestación o incluso para su formación.

 

Me conozco a mí mismo, y en mi es extremadamente fuerte; sus resultados son asombrosos. Por ejemplo, escribí “Tannhauser” entero, desde su concepción a su ejecución, en sesenta y siete horas consecutivas. Era inconsciente de la caída de las noches y de los días, incluso tras detenerme; tampoco hubo reacción de fatiga alguna. Escribí esta obra cuando tenía veinte y cuatro años, inmediatamente tras la consumación de una orgía que normalmente me hubiera fatigado.

 

Más y más frecuentemente he ido notando que la así llamada satisfacción sexual me ha dejado insatisfecho y sin desfallecer, y que ha desatado las corrientes de versos que han deshonrado mi carrera.

 

Sin embargo, por el contrario, a veces un periodo de castidad me ha fortificado para una gran explosión creativa. Pero esto está lejos de ser el caso invariablemente. Al término de la expedición al K2, tras cinco meses de castidad, no realicé obra alguna, salvo algunas escasas líneas casuales, durante los meses siguientes.

 

Puedo mencionar el año 1911. En ese momento disfrutaba de un excelente estado de salud, junto a la mujer a la que amaba. Su salud era, sin embargo, variable, y ambos estábamos constantemente preocupados por ello. El clima era continuamente cálido y favorable. Durante un periodo de cerca de tres meses apenas hubo una mañana en la que al despertar no arrancara con una nueva idea que tenía que escribirse. La energía total de mi ser era muy alta. Mi peso era de 148 libras, el que fuera mi peso de luchador cuando era diez años más joven. Caminábamos cerca de veinte millas diarias a través de bosques montañosos. La cantidad total de manuscritos escritos durante ese tiempo es asombrosa; su variedad lo es aún más; de su excelencia prefiero no hablar.

 

Aquí hay una lista aproximada hecha de memoria. Está lejos de ser exhaustiva:

  • Cerca de media docena de instrucciones de la A∴A∴, incluyendo Liber Astarte, y el Templo de Solomon el Rey para el Equinox VII.
  • Historias cortas: El Leñador. Su Pecado Secreto.
  • Escenas dramáticas: El Violinista de Su Majestad. Elder Eel. Adonis, escrita del tirón. Los Necrófagos: escrita a continuación de la otra. Mortadello.
  • Poemas: El Sacramento Séxtuple. Un Cumpleaños.
  • Fundamentos de la Cábala Griega (incluyendo la compilación y el análisis de varios miles de palabras.)

Creo que este fenómeno es único en la historia de la literatura. Podría aún más referirme a mi segundo viaje a Algeria, donde mi vida sexual, aunque bastante completa, fue insatisfactoria.

 

Al salir de Biskra, estaba tan lleno de ideas que tuve que bajarme del tren en El-Kantara, donde escribí “El Escorpión”. Cinco o seis poemas fueron escritos de camino a París; “La Ordalía de Ida Pendragon” durante mis veinte y cuatro horas de estancia en la ciudad, y “Tormenta de Nieve” y “El Silencio Eléctrico” inmediatamente tras mi regreso a Inglaterra.

 

Resumiendo, siempre puedo trazar una conexión entre mi condición sexual y la condición de mi creación artística, que es tan estrecha como para aproximarse a la identidad, y sin embargo tan imprecisa que no puedo formular una única proposición de importancia.

 

Son estas consideraciones las que me hacen sufrir cuando los ignorantes me reprochan por querer producir genio mecánicamente. Puedo fracasar, pero mi fracaso es mil veces superior que su mayor éxito.

 

Debo por lo tanto basar mis consideraciones no tanto en las observaciones que yo mismo he hecho, y en los experimentos que he realizado, como en los métodos clásicos y aceptados para producir ese entusiasmo energizado, que es la palanca que mueve a Dios.

 

III

 

Los antiguos griegos decían que existen tres métodos para descargar la secreción del genio de la que hemos hablado. Ellos pensaron quizá que sus métodos tendían a segregarla, pero de esto no estoy seguro del todo, o al menos no sin reservas. Pues la manifestación de fuerza implica fuerza, y esta fuerza debe haber venido de alguna parte.

 

Encuentro más fácil decir “subconsciencia” y “secreción” que postular un depósito externo; extender mi connotación de “hombre” que inventar a “Dios”. No obstante, parsimonia aparte, encuentro por mi experiencia que resulta inútil azuzar a un caballo cansado. Hay veces en las que estoy absolutamente privado de ni siquiera una gota de este elixir. Nada puede reponerlo, ni el reposo en cama, ni las drogas, ni el ejercicio. Por otro lado, a veces cuando tras una severa temporada de trabajo he caído rendido de fatiga, quizá deshecho y tirado por el suelo, demasiado cansado como para mover una mano o un pie, la ocurrencia de una idea me ha restablecido a una completa intensidad de energía, y llevar a cabo la idea me ha librado de la fatiga referida, si bien esto ha implicado un gran esfuerzo adicional.

 

Exactamente paralelo a esto (sin coincidir en ninguna parte) es el caso de la manía. Un demente puede forcejear contra seis atletas entrenados durante horas, y no mostrar signo alguno de fatiga. Entonces repentinamente colapsará, pero a un siguiente aviso de la irritable idea volverá a la lucha tan lozano como antes. Hasta que no se hubo descubierto la “acción muscular inconsciente” y sus efectos, era racional suponer que tal hombre estaba “poseído por un demonio”; y la diferencia entre el demente y el genio no estriba en la cantidad sino en la calidad de su trabajo. El genio está organizado, mientras que la locura es caótica. A menudo la organización del genio se da en formas originales, y médicos ignorantes y desequilibrados lo toman por un trastorno.

 

El tiempo ha demostrado que Whistler y Gauguin “tenían reglas” del mismo modo que los maestros a los que se supone que enervaban.

 

IV

 

Los griegos decían que hay tres métodos para descargar la botella de Leyden del Genio. A esos tres métodos les asignaron tres dioses.

 

Estos tres Dioses eran Dionisos, Apollo, y Afrodita. En inglés: vino, mujeres y música. Ahora bien, sería un gran error imaginar que los griegos estaban recomendando la visita a un burdel. Sería como condenar la Alta Misa de San Pedro afirmando haber sido testigo de un resurgimiento Protestante. El desorden es siempre una parodia del orden, porque no hay desorden arquetípico al que pueda parecerse. Owen Seaman puede parodiar a un poeta, pero nadie puede parodiar a Owen Seaman. Un crítico es un manojo de impresiones, no hay ego alguno tras ello. Todas las fotografías son esencialmente parecidas, pero las obras de todos los buenos pintores difieren esencialmente.

 

Algunos escritores suponen que en los antiguos ritos de Eleusis el Alto Sacerdote copulaba públicamente con la Alta Sacerdotisa. Tanto si así fuese, esto no sería más “indecente” de lo que es “blasfemo” el que el cura convierta en pan y en vino el cuerpo y la sangre de Dios. Cierto, los Protestantes dicen que eso es blasfemo, pero un Protestante es alguien para quien todas las cosas sagradas son profanas; cuya mente, estando toda emponzoñada, no puede ver en el acto sexual otra cosa que un crimen o una burla; cuyos únicos gestos faciales son los de una mirada de desprecio y una ojeada impúdica.

 

V

 

Estamos de acuerdo entonces en que del hecho de que el vino, las mujeres y la música compongan la taberna del marinero, no se infiere que estos ingredientes deban confeccionar necesariamente una pócima infernal.

 

Hay gente tan simple como para pensar que cuando han probado que el instinto religioso es una mera eflorescencia del instinto sexual, han destruido la religión.

 

Deberíamos más bien tener en cuenta que la taberna del marinero les da su único vislumbre del paraíso, del mismo modo que la crítica destructiva a los falicistas sólo ha demostrado que el sexo es un sacramento. La consciencia, dice el materialista con el hacha de guerra en la mano, es una función del cerebro. Así únicamente ha reformulado el viejo dicho, “Vuestros cuerpos son los templos del Espíritu Santo”.

 

Ahora bien, el sexo está justamente santificado en este sentido, que es el fuego eterno de la raza. Huxley admitió que “algunos de los animálculos inferiores son en cierto sentido inmortales”, porque pueden seguir reproduciéndose eternamente por subdivisión, y sin embargo cuando divides X entre 2 siempre hay algo que se pierde. Sin embargo nunca parece haber entendido que la humanidad es inmortal exactamente en el mismo sentido, y que sigue reproduciéndose a sí misma con características similares a través de todas las épocas, modificándose con las circunstancias ciertamente, pero siempre idéntica en sí misma. Y la flor espiritual de este proceso es que en el momento de la descarga sexual tiene lugar un éxtasis físico, un espasmo análogo al espasmo mental que da la meditación. Aún más, que en el sacramento y en el uso ceremonial del acto sexual, la consciencia divina puede ser alcanzada.

 

VI

 

Siendo así pues el acto sexual un sacramento, queda por considerar en qué limita esto el empleo de los órganos. En primer lugar, es obviamente legítimo emplearlos para su propósito físico natural. Pero si resulta admisible utilizarlos ceremonialmente con un propósito religioso, encontraremos el acto protegido con muchas restricciones.

 

Pues en este caso los órganos se vuelven sagrados. Poco importa para la mera propagación el que una persona pueda estar habituada al vicio; el libertino más disoluto puede con más probabilidad engendrar mayor cantidad de hijos saludables que un mojigato semi-sexuado. De modo que las así llamadas restricciones “morales” no están basadas en la razón, por lo que no son tenidas en cuenta.

 

Pero una vez admitida su función religiosa, uno puede dictar al instante que el acto no debe ser profanado. No debe emprenderse a la ligera y tontamente sin un buen motivo.

 

Puede emprenderse con el objetivo inmediato de perpetuar la especie.

 

Puede emprenderse obedeciendo a la pasión verdadera; pues la pasión, como el mismo nombre implica, está más bien inspirada por una fuerza de belleza y poder divinos ajena a la voluntad del individuo, a menudo de hecho en contra de ella.

 

Es el uso casual u ordinario (que Cristo llamó “vano”), o más bien el uso indebido de esas fuerzas lo que constituye su profanación. Será aún más evidente que, si el acto en sí mismo ha de ser el sacramento de una ceremonia religiosa, este acto debe ser realizado únicamente por amor a Dios.

 

Todas las consideraciones personales han de ser desterradas totalmente. Al igual que todo sacerdote puede realizar el milagro de la substanciación, del mismo modo todo hombre que posea las cualidades necesarias puede llevar a cabo este otro milagro, cuya naturaleza debe ser objeto de una discusión posterior.

 

Una vez destruidos los objetivos personales, es “a fortiori” necesario desprenderse de las consideraciones sociales y de otras similares.

 

La fuerza física y la belleza son necesarias y deseables por razones estéticas, pudiendo estar sujeta a distracción la atención de los adoradores si los celebrantes son feos, deformes, o incompetentes.

 

No es necesario enfatizar la necesidad del más estricto auto-control y concentración por su parte. Del mismo modo que sería una blasfemia disfrutar del grosero sabor del vino del sacramento, los celebrantes deben suprimir hasta la más mínima manifestación de placer animal.

 

De las pruebas de cualificación no es necesario hablar; es suficiente con decir que los adeptos siempre han sabido como asegurar la eficiencia.

 

No hace falta tampoco insistir en una calidad similar en los asistentes; la excitación sexual debe ser suprimida y transformada en su equivalente religioso.

 

VII

 

Con estos preliminares establecidos con el fin de protegerse contra las críticas previstas de aquellos Protestantes que, habiéndolos hecho Dios ligeramente inferiores a los Ángeles, se han rebajado ellos mismos muy por debajo de las bestias, debido a su consecuentemente bestial interpretación de todo lo humano y lo divino, podemos pasar a considerar en primer lugar la naturaleza trina de estos antiguos métodos de entusiasmo energizado.

 

La música tiene dos partes: el tono o el modo, y el ritmo. La última cualidad la asocia con la danza, y esa parte de la danza que no es música, es sexo. Ahora bien, esa parte del sexo que no es una forma de la danza, el movimiento animal, es una embriaguez del alma, lo cual lo conecta con el vino. Identidades adicionales se sugerirán por sí mismas a los estudiantes.

 

Mediante el uso de los tres métodos en uno, la totalidad del hombre puede ser así estimulada.

 

La música crea una armonía general en el cerebro, encauzándolo en su camino; el vino proporciona un estímulo general de la naturaleza animal; y la excitación sexual eleva la naturaleza moral del hombre por su estrecha analogía con el éxtasis más elevado. Queda sin embargo siempre en su mano realizar la transmutación final. A menos que disponga de la secreción especial que he postulado, el resultado será de tipo ordinario.

 

Tan en consonancia está este sistema con la naturaleza del hombre, que es parodiado y profanado del mismo modo no sólo en la taberna del marinero, sino en el baile de sociedad. Aquí, para las naturalezas inferiores el resultado es la embriaguez, la enfermedad y la muerte; para las naturalezas medianas un embotamiento gradual de los sentimientos más delicados; para las más elevadas, un regocijo que asciende en el mejor de los casos a la fundación de un amor para toda la vida.

 

Si estos “ritos” de Sociedad son llevados a cabo correctamente, no debería haber agotamiento. Después de un baile, uno debería sentir la necesidad de un largo paseo en el aire fresco matinal. El cansancio o el aburrimiento, el dolor de cabeza o la somnolencia, son advertencias de la Naturaleza.

 

VIII

 

Ahora bien, el propósito de un baile semejante, y la actitud moral al asistir, me parecen de una importancia suprema. Si vas con la idea de matar el tiempo, estás más bien matándote a ti mismo. Baudelaire sitúa el primer periodo del amor cuando los muchachos prefieren besar los árboles del bosque, antes que no besar nada. A mis treinta y seis años me encontré a mi mismo en Pompeya, besando apasionadamente esa gran estatua mortuoria de una mujer que se levanta en la avenida de los mausoleos. Incluso ahora, cuando me despierto por las mañanas, lo hago a veces besando mis propios brazos.

 

Es con un sentimiento semejante que uno debería ir a un baile, y con dicho sentimiento intensificado, purificado y exaltado, que uno debería dejarlo. Si esto es así, cuanto más si uno va con el claro propósito religioso ardiendo en cada parte de su ser! Beethoven rugiendo al amanecer no es un espectáculo extraño para mí, que grito de alegría y asombro, cuando entiendo (sin lo cual uno no puede realmente haber visto nunca nada) una brizna de hierba. Caigo de rodillas en muda adoración ante la luna; con sagrado temor y admiración escondo mi mirada ante un buen Van Gogh.

 

Imaginemos entonces un baile en el que la música es el coro celestial, el vino es el vino del Grial, o el del Sabbat de los Adeptos; y el cónyuge de uno es el Uno Eterno e Infinito; ¡el Dios Verdadero y el Altísimo Dios Viviente!

 

Id incluso a un baile corriente (el Moulin de la Galette servirá incluso para una minoría de mis magos) con toda vuestra alma inflamada en vuestro interior, y toda vuestra voluntad concentrada en esas substanciaciones, y contadme qué milagros tienen lugar! Es el odio o el disgusto por la vida lo que lleva a uno al baile cuando es viejo, cuando es joven baila hasta que las horas caen. Sin embargo el amor de Dios, que es el único amor verdadero, no disminuye con la edad; crece en profundidad y en intensidad con cada satisfacción. Parece como si en los hombres más nobles su secreción aumentara constantemente (lo cual ciertamente sugiere una reserva exterior), con la que la edad pierde toda su amargura. Nos encontramos con “el hermano Lawrence”, Nicolas Herman de Lorraine, a la edad de 80 años, en un disfrute continuo de su unión con Dios. Buda a una edad similar recorría arriba y abajo los Ocho Altos Trances como un acróbata, e historias no muy distintas se cuentan del Obispo de Berkeley. Muchas personas no han alcanzado esa unión en absoluto hasta la mediana edad, y a partir de entonces raramente la han perdido.

 

Es cierto que el genio, en el sentido ordinario de la palabra, casi siempre se ha manifestado en los jóvenes. Quizá deberíamos considerar casos como el de Nicolas Herman como casos de genio adquirido. Ahora bien, soy ciertamente de la opinión de que el genio puede ser adquirido, o en la alternativa, que se trata de una posesión casi universal. Su rareza puede atribuirse a la aplastante influencia de una sociedad corrupta. Es extraño encontrar a un joven que no posea altos ideales, pensamientos generosos, cierto sentimiento de santidad, de su propia importancia, lo cual, siendo interpretado, equivale a su propia identidad con Dios. Tres años en el mundo, y se ha convertido en un empleado del banco o incluso en un funcionario del gobierno. Sólo aquellos que desde la temprana infancia entienden intuitivamente que deben destacar, y que tienen el increíble coraje y la resistencia como para hacerlo ante toda la tiranía, la insensibilidad, y el desprecio de los que son capaces los inferiores, sólo esos llegan a la madurez incontaminados.

 

De todo pensamiento serio o espiritual se hace mofa. Se piensa que los poetas son “blandos” y “cobardes”, aparentemente porque son los únicos con la suficiente voluntad y coraje como para mantenerse firme contra toda la escuela, muchachos y maestros aliados como una vez lo estuvieron Pilates y Herodes. El honor es reemplazado por la conveniencia, la santidad por la hipocresía. Incluso cuando encontramos una buena semilla germinando en suelo fértil, con demasiada frecuencia se da un desperdicio de las fuerzas. Darle ánimos amistosos a un poeta o a un pintor puede ser más nefasto para él que cualquier cantidad de oposición.

 

Aquí de nuevo la cuestión del sexo (C.S. así llamada por los Tolstoianos, los traficantes de castidad, y los que no hablan ni piensan en otra cosa) entromete su horrenda cabeza. Creo que cada muchacho es originalmente consciente del sexo como sagrado. Pero no sabe lo que es. Con timidez infinita, pregunta. El maestro le contesta con horror sagrado; el chico con una mirada lasciva, o con una risa furtiva, tal vez peor.

 

Los Hindús son más sabios. En el momento apropiado de la pubertad el chico es preparado como para un sacramento; es llevado a un templo debidamente consagrado, y allí en manos de una sabia y santa mujer experta en el arte, y consagrada a ese fin, es iniciado con toda solemnidad en el misterio de la vida.

 

El acto es de este modo declarado religioso, sagrado, impersonal, totalmente apartado del enamoramiento, el erotismo, el animalismo, el sentimentalismo, y de todas las demás vilezas que el Protestantismo ha hecho con este. La Iglesia Católica preservó la tradición Pagana en cierto modo, según creo, pues interpreta el matrimonio como un sacramento. (Por supuesto ha habido una escuela diabólica, que ha mantenido que el acto es “Perverso” en sí mismo. De tales blasfemos de la Naturaleza no merece la pena hablar más.) Pero en el intento de privar al acto de todos los aditamentos que pudieran profanarlo, lo ataron a la propiedad y a la herencia. Desearon que sirviera tanto a Dios como a Mammon.

 

Restringiendo correctamente al sacerdote, que debería emplear toda su energía en el milagro de la Misa, descubrieron que su consejo era un consejo de perfección. La tradición mágica se perdió en parte; el sacerdote no podía hacer lo que se esperaba de él, y la porción no gastada de sus energías se volvió amarga. De ahí que el pensamiento de los sacerdotes, como el pensamiento de los remilgados modernos, gire eternamente alrededor de la C. del S.

 

Un Misa Secreta y especial, una Misa del Espíritu Santo, una Misa del Misterio de la Encarnación, que se llevara a cabo a intervalos determinados, podría haber salvado tanto a monjes como a monjas, y dado a la Iglesia un dominio eterno sobre el mundo.

 

IX

 

Volviendo al tema. La rareza del genio se debe en gran parte a la destrucción a la que se somete. Igual como en la naturaleza la planta favorecida es aquella de la cual germina una brizna de una de sus miles de semillas, así también las condiciones del medio eliminan todo genio, salvo sus más fuertes ejemplares. Pero al igual que los conejos aumentaron rápidamente en Australia, donde se ha sabido que incluso un misionario engendró noventa niños en dos años, así también seremos capaces de producir genio si podemos encontrar las condiciones que lo estorban, y las eliminamos.

 

La medida práctica más obvia a tomar es restaurar los ritos de Baco, Afrodita y Apolo a su lugar apropiado. No deberían estar abiertos a todo el mundo, y la hombría debería ser la recompensa de la ordalía y la iniciación.

 

Los exámenes físicos deberían ser severos, y los débiles deberían perecer antes que ser conservados artificialmente. La misma consideración se aplica a los exámenes intelectuales. Pero dichos exámenes deben ser lo más amplios posibles. Yo en la escuela era un absoluto zoquete en todo tipo de juegos y de atletismo, porque los despreciaba. Sin embargo mantuve, y aún mantengo, numerosos records mundiales de alpinismo. De manera similar, los exámenes no consiguen probar la inteligencia. Cecil Rhodes se negó a emplear a cualquiera que poseyera un grado Universitario. El que dichos grados confieran honor en Inglaterra es un signo de la decadencia del país, aunque incluso allí son usualmente peldaños hacia la ociosidad clerical o la esclavitud pedagógica.

 

Tal es el esbozo de la imagen que deseo dibujar. Si el poder para poseer propiedad dependiera de la competencia de un hombre, y su percepción de valores verdaderos, una nueva aristocracia sería creada al momento, y el funesto hecho de que la consideración social dependa del poder para adquirir champán dejaría de tener efecto. Nuestra pluto-hetero-politocracia se vendría abajo en un día.

 

Pero soy muy consciente de que no es probable que una imagen semejante sea pintada. Sólo podemos entonces trabajar pacientemente y en secreto. Debemos seleccionar el material adecuado y entrenarlo con la más absoluta reverencia en estos tres métodos maestros, o bien asistiendo al alma en su genial orgasmo.

 

X

 

Esta actitud reverente es de una importancia que no puedo sobreestimar. La gente corriente encuentra un alivio corriente en cualquier excitación general o especial en el acto sexual.

 

El Comandante Marston, R.N., cuyos experimentos sobre el efecto del tom-tom sobre la mujer inglesa casada son clásicos y concluyentes, ha descrito admirablemente como la vaga inquietud que ellas sienten al principio asume gradualmente una forma sexual, y culmina, si se les permite hacerlo, en la masturbación impúdica o en aproximaciones indecentes. Pero esta es la consecuencia natural de la proposición de que las mujeres Inglesas casadas no están familiarizadas usualmente con la satisfacción sexual.

 

Sus deseos son constantemente estimulados por maridos brutales e ignorantes, y nunca son gratificados. Este hecho explica de nuevo la sorprendente prevalencia del Safismo en la Sociedad Londinense.

 

Los hindús advierten a sus pupilos sobre los peligros de los ejercicios respiratorios. De hecho la menor laxitud en los tejidos físicos o morales puede causar que la energía acumulada por la práctica se descargue en una emisión involuntaria. He sabido que esto ocurre por mi propia experiencia.

 

Es entonces de la mayor importancia comprender que el alivio de la tensión ha de encontrarse en lo que los Hebreos y los Griegos llamaron "profetizar", lo cual es mejor cuando está organizado en forma de arte. La descarga desordenada es un mero desperdicio, un desierto de aullidos. La descarga ordenada es un “Prometeo desencadenado” o un L’age d’airain, según las aptitudes especiales de la persona entusiasmada. Pero debe recordarse que las aptitudes especiales son muy fáciles de obtener si la fuerza impulsora del entusiasmo es grande. Si no puedes seguir las reglas de otros, haces reglas para ti mismo. Un conjunto de ellas resulta a la larga tan bueno como cualquier otro.

 

De Henry Rousseau, el aduanero, se rieron toda su vida. Yo me reí tan de corazón como el resto; si bien, a pesar de mi mismo, seguí diciéndome (como reza la frase) “que sentía algo, no sabría decir el qué”.

 

En el momento en que a alguien se le ocurrió colgar todas sus pinturas en una habitación vacía, se hizo aparente al instante que su “sencillez” era la simplicidad de un Maestro. Que nadie imagine que subestimo o que no alcanzo a percibir los peligros de emplear estos métodos. La aparición de un asunto en apariencia tan simple como la fatiga podría cambiar Las Meninas en una estúpida crisis sexual.

 

Será necesario que la mayoría de los ingleses emulen el auto-control de los árabes y de los hindús, cuyo ideal es desvirgar el mayor número posible de vírgenes (ochenta es considerado un rendimiento bastante bueno) sin completar el acto.

 

Es, de hecho, de la primera importancia que el celebrante de cualquier rito fálico sea capaz de completar el acto sin permitir ni por una sola vez que un pensamiento sexual o sensual invada su mente. La mente debe estar tan absolutamente desprendida del cuerpo de uno como lo está del de otra persona.

 

XI

 

De los instrumentos musicales pocos son adecuados. La voz humana es el mejor, y el único que puede ser empleado provechosamente en coro. Cualquier cosa como una orquesta requiere un ensayo infinito, e introduce una atmósfera de artificialidad. El órgano es un instrumento solista digno, y es una orquesta en sí mismo, mientras que su tono y sus asociaciones favorecen la idea religiosa.

 

El violín es el más útil de todos, pues todo su talante expresa el ansia por el infinito, y sin embargo es tan móvil que tiene un rango emocional más grande que cualquiera de sus competidores. Debe prescindirse de acompañamiento a menos que haya un arpista disponible.

El armonio es un instrumento horrible, aunque sólo sea por sus asociaciones, y el piano es parecido, aunque tocado por un Paderewski, y si se mantiene fuera de la vista, puede servir. La trompeta y la campana son excelentes, pues sobresaltan en el clímax de la ceremonia.

 

Cálido, apasionado, para un tipo diferente de ceremonia, de una clase más intensa y más directa, pero en general menos exaltada, no existe otro como el tom-tom. Combina bien con la práctica del mantra, y es el mejor acompañamiento para cualquier danza sagrada.

 

XII

 

De las danzas sagradas la más práctica para una reunión es la danza sentada. Uno se sienta con las piernas cruzadas en el suelo, y se balancea de un lado a otro de las caderas al compás del mantra. Un solo o un dueto de bailarines como espectáculo más bien distrae de este ejercicio. Yo sugeriría una pequeña luz muy brillante sobre el suelo en el centro de la habitación. Es preferible que el suelo de dicha habitación sea de mosaicos de mármol, pero una alfombra ordinaria de Logia Masona puede bastar.

 

Los ojos, si es que ven algo en absoluto, ven entonces únicamente los cuadros rítmicos o mecánicos que conducen en perspectiva al foco de la luz, fija y sin pestañear.

 

El balaceo del cuerpo con el mantra (que tiene el hábito de subir y bajar por sí mismo de una manera muy extraña) se vuelve más acentuado. Por último un estadio curiosamente espasmódico se produce, y entonces la consciencia vacila y se apaga; quizá se abre paso hasta la consciencia divina, quizá meramente vuelve en sí misma debido a alguna variable de la impresión externa.

 

La anterior es una expresión muy simple y ferviente de la ceremonia, basada enteramente en el ritmo. Es muy fácil de preparar, y sus resultados son usualmente muy alentadores para el principiante.

 

XIII

 

Siendo el vino una bebida fuerte y briosa, es probable que su uso conlleve más problemas que la simple música.

 

Una dificultad esencial es la dosis. Uno necesita exactamente la suficiente, y como Blake señala, sólo puede decirse cuanto es suficiente tomando demasiado. Para cada hombre la dosis varía enormemente; como también lo hace para el mismo hombre en distintos momentos.

 

La solución ceremonial a esto es disponer de un asistente silencioso que lleve el cuenco de la libación, y lo ofrezca a cada uno por turnos, en intervalos frecuentes.

 

Deberían beberse pequeñas dosis, y pasarse el cuenco, tomándolo cuando el adorador juzgue conveniente. Sin embargo el copero debería ser un iniciado, y utilizar su propia discreción antes de presentar el cuenco. La más mínima señal de que la intoxicación está dominando a un miembro debería bastar para evitar servir a ese hombre. Esta práctica puede adecuarse fácilmente a la ceremonia previamente descrita.

 

Si se desea, en lugar de vino, puede ser empleado el elixir introducido por mí en Europa. Pero sus resultados, si son usados de este modo, no han sido aún estudiados a fondo. Enmendar este descuido es mi propósito inmediato.

 

XIV

 

La excitación sexual, que debe completar la armonía del método, ofrece un problema más difícil.

Es excepcionalmente deseable que los movimientos del cuerpo sean decorosos en el sentido más elevado, y mucha gente está tan mal entrenada que van a ser incapaces de considerar una ceremonia semejante con ojos que no sean críticos o lascivos, lo cual sería fatal para todo el bien ya hecho. Es presumiblemente mejor esperar hasta que todos los presentes estén muy exaltados antes que arriesgarse a una posible profanación.

 

No es deseable, en mi opinión, que los adoradores ordinarios lo celebren en público. El sacrificio debe ser individual. Tenga lugar o no…

 

XV

 

Hasta aquí había escrito cuando el distinguido poeta, cuya conversación conmigo sobre los Misterios me había incitado a anotar estas escasas líneas generales, llamó a mi puerta. Le dije que estaba trabajando en las ideas que él me había sugerido, y que bueno, me encontraba más bien atascado. Pidió permiso para echar un vistazo al manuscrito (pues él lee inglés con fluidez, aunque no habla más que unas pocas palabras), y habiéndolo hecho, se excitó y dijo: “Si viene conmigo ahora, terminaremos su ensayo.” Suficientemente contento con cualquier excusa para parar de trabajar, cuanto más verosímil mejor, me apresuré a coger mi abrigo y mi sombrero. “Por cierto,” dijo en el automóvil, “me parece entender que no le importa darme la Palabra de la Rosa Cruz.” Sorprendido, compartí con él los secretos de I.N.R.I. “Y ahora, muy excelente y perfecto Príncipe,” dijo, “lo que viene a continuación se encuentra bajo este sello.” Y me dio la más solemne de todas las señales Masónicas. “Está a punto,” dijo, “de comparar su ideal con nuestra realidad.” Tocó una campana. El automóvil se detuvo, y salimos fuera. Despidió al chofer. “Venga,” dijo, “nos queda un paseo de media milla.” Caminamos a través de un espeso bosque hasta una vieja casa, donde fuimos recibidos en silencio por un caballero que, aún vistiendo traje de corte, llevaba una espada muy “accesible”. Al satisfacerlo, nos hizo pasar por un corredor hasta una antesala, donde otro guardián armado nos esperaba. Este, tras un examen más detenido, procedió a ofrecerme un traje de corte, la insignia de un Soberano Príncipe de la Rosa Cruz, y una liga y un manto, la primera de seda verde, el segundo de terciopelo verde, rayado de seda color cereza. “Es una misa baja” susurró el guardián. En esta antesala había tres o cuatro personas, tanto damas como caballeros, vistiéndose afanosamente.

 

En una tercera habitación encontramos una procesión formada, y nos unimos. Había treinta y seis de nosotros en total. Pasando por un último guardián llegamos a la capilla misma, en cuya entrada se erguían un hombre y una mujer jóvenes, los dos vestidos con túnicas de seda blanca bordadas de dorado, rojo y azul. El primero llevaba una antorcha de madera resinosa, la segunda nos roció mientras pasábamos con esencia de rosas, que llevaba en una copa.

 

La habitación donde nos encontrábamos ahora había sido alguna vez una capilla, tal como declaraba su forma. Pero el altar mayor había sido cubierto con una tela que exhibía la Rosa y la Cruz, mientras que encima suyo había dispuestos siete candelabros, cada uno con siete brazos.

Las bancas habían sido conservadas, y en la mano de cada caballero ardía un cirio de cera de color rosa, con un ramo de rosas frente a él.

 

En el centro de la nave había una gran cruz (“una cruz del calvario de diez cuadrados”) que medía, digamos, seis por cinco pies, pintada de rojo sobre un panel blanco, en cuyo borde habían unos anillos que atravesaban unas varas doradas. En cada esquina había un estandarte, donde aparecían un león, un toro, un águila y un hombre, y de la punta de sus postes se sujetaba un dosel de color azul, donde se dibujaban los doce signos del Zodíaco en dorado.

 

Una vez instalados los Caballeros y las Damas, repentinamente sonó una campana en el arquitrabe. Al instante todos se levantaron. Las puertas se abrieron desde fuera con un estruendo de trompeta, y el heraldo que la tocaba avanzó, seguido por el Sumo Sacerdote y la Sacerdotisa.

 

El Sumo Sacerdote era un hombre de cerca de sesenta años, si puedo juzgar por la barba blanca, pero caminaba aún con el paso elástico pero firme de los treinta. La Suma Sacerdotisa, una mujer orgullosa, alta y sombría de quizá treinta veranos, caminaba a su lado, ambos con las manos levantadas y tocándose como en el minué. Las colas de sus vestidos eran trasportadas por los dos jóvenes que nos habían recibido.

 

Mientras tanto un órgano invisible tocaba un introito.

 

Esto cesó tan pronto como ocuparon sus lugares en el altar. Se volvieron entonces hacia el Oeste, esperando.

 

Al cerrarse las puertas, el guardia armado, que estaba vestido con una túnica escarlata en lugar de verde, desenvainó su espada, y fue caminando de arriba a abajo por el pasillo, entonando exorcismos y balanceando la gran espada. Todos los presentes sacaron sus espadas y se volvieron hacia el exterior, apuntando con las puntas delante de ellos. Esta parte de la ceremonia pareció interminable.

 

Cuando terminó, el chico y la chica reaparecieron, llevando el primero un cuenco y la segunda un incensario. Mientras cantaban una letanía u otra (en griego aparentemente, aunque no pude entender las palabras), purificaron y consagraron la capilla.

 

Ahora el Sacerdote y la Sacerdotisa iniciaron una letanía de versos rítmicos de igual longitud. En cada tercera respuesta se tocaban las manos de una manera peculiar; en cada séptima se besaban. En la número veinte y uno hubo un abrazo completo. Luego la campana sonó en el arquitrabe, y se separaron. El Sacerdote entonces tomó del altar un frasco cuya forma imitaba curiosamente la de un falo. La Sacerdotisa se arrodilló y presentó una copa de oro en forma de bote. Él se arrodilló frente a ella, pero no derramó nada del frasco.

 

Ahora los Caballeros y las Damas iniciaron una larga letanía; primero una Dama en atiplado, luego un Caballero en el bajo, luego una respuesta en coro de todos los presentes acompañada por el órgano.

 

El Coro decía:

 

¡EVOE HO, IACCHE! EPELTHON, EPELTHON, EVOE, IAO! Una y otra vez se repetía. Hacia el final, ya sea por un “efecto del escenario” o no (no lo puedo jurar), la luz sobre el altar se volvió de color rosa, y luego púrpura. El Sumo Sacerdote levantó la mano repentina y bruscamente, y se hizo un silencio instantáneo.

 

Ahora vertió el vino del frasco. La Sacerdotisa se lo dio a la sirviente, que se lo ofreció a todos los presentes. No se trataba de un vino ordinario. Se ha dicho del vodka que parece agua y sabe como el fuego. Con este vino ocurría lo contrario. Era de un color dorado como el fuego, en el que las llamas de luz bailaban y se agitaban, pero su sabor era límpido y puro como agua fresca de manantial. Tan pronto como bebí de él, sin embargo, empecé a temblar. Fue la más asombrosa de las sensaciones; puedo imaginar a un hombre que se sienta así mientras espera a su verdugo, cuando ya ha dejado atrás todo el miedo, y todo es excitación para él.

 

Miré en mi banca, y vi que todos estaban afectados de manera similar. Durante la libación la Suma Sacerdotisa cantó un himno, de nuevo en griego. Esta vez reconocí las palabras; eran las de una antigua Oda a Afrodita.

 

El chico sirviente descendió luego a la cruz roja, se inclinó y la besó. Luego bailó sobre ella de tal manera que parecía estar trazando los patrones de una rosa de oro maravillosa, pues la percusión hacía que una lluvia de polvo dorado cayera desde el dosel. Mientras tanto la letanía (palabras diferentes, pero el mismo estribillo) empezó de nuevo. Esta vez se trataba de un dúo entre el Sumo Sacerdote y la Sacerdotisa. En cada estribillo los Caballeros y las Damas se inclinaban. La sirviente se movía entre los presentes continuamente, y el cuenco pasaba por todo el mundo. Esto terminó con el chico exhausto por el baile, cayendo desmayado sobre la cruz. La chica inmediatamente tomó el cuenco y lo puso en los labios de él. Entonces ella lo levantó, y con la ayuda del Guardián del Santuario, lo sacó fuera de la capilla.

 

La campana sonó de nuevo en el arquitrabe.

 

El heraldo sopló una fanfarria.

 

El Sumo Sacerdote y la Suma Sacerdotisa se movieron majestuosamente uno hacia el otro y se abrazaron, aflojando en el acto las pesadas túnicas de oro que llevaban. Una vez caídas estas, como lagos gemelos de oro, la vi a ella vestida con ropa de moaré blanco, toda forrado (como me pareció más tarde) de armiño.

 

La vestidura del Sumo Sacerdote era un bordado muy elaborado de todos los colores, armonizados con un exquisito aunque robusto arte. Llevaba también un peto que se correspondía con el dosel; una “bestia” esculpida en dorado en cada esquina, mientras que las piedras del peto simbolizaban los doce signos del Zodíaco.

 

La campana tintineó una vez más, y el heraldo hizo sonar de nuevo la trompeta. Los celebrantes se desplazaron cogidos de la mano por la nave mientras el órgano tronaba sus solemnes armonías.

 

Todos los Caballeros y las Damas se levantaron y dieron la señal secreta de la Rosa Cruz.

 

Fue en esta parte de la ceremonia que empezaron a sucederme cosas.

 

Fui repentinamente consciente de que mi cuerpo había perdido peso y sensibilidad táctil por igual. Mi consciencia no parecía estar ya situada en mi cuerpo. “Me confundí a mí mismo”, si puedo utilizar la expresión, con una de las estrellas del dosel.

 

Fue así como me perdí la visión de los celebrantes aproximándose a la cruz. La campana sonó de nuevo, y volví en mí mismo, viendo entonces que la Suma Sacerdotisa, erguida al pie de la cruz, había arrojado su túnica sobre esta, de manera que la cruz ya no era visible. Sólo había un tablero cubierto de armiño. Ella estaba ahora desnuda salvo por el colorido tocado enjoyado que llevaba y un pesado collar de oro en el cuello, y los brazaletes y las tobilleras que hacían juego con él. Empezó a cantar en una suave lengua extranjera, tan baja y suavemente que en mi desconcierto parcial no podía escucharlo todo, aunque capté unas pocas palabras: ¡Io Paian! ¡Io Pan! Y una frase en la que las palabras Iao Sabao finalizaban enfáticamente una sentencia en la que distinguí las palabras Eros, Thelema y Sebazo.

 

Mientras hacía esto le desataba el peto al Sacerdote, y se lo daba a la chica sirviente. Le siguió la túnica; vi que los dos estaban desnudos ahora, y que no tenían vergüenza. Por primera vez hubo un silencio absoluto. Ahora, de un centenar de pequeños surtidores que rodeaban la tabla se vertió un humo púrpura perfumado. El mundo fue envuelto en una fina gaza de niebla, sagrada como las nubes sobre las montañas.

 

Entonces a una señal dada por el Sumo Sacerdote, la campana sonó una vez más. Los celebrantes extendieron sus brazos en forma de cruz, entrelazando los dedos. Lentamente dieron vueltas formando tres círculos y medio. Ella entonces tendió al Sacerdote sobre la cruz, y tomó su propio lugar asignado.

 

El órgano tronó de nuevo su solemne música.

 

Yo era insensible a todo. Únicamente noté que los celebrantes no hacían movimiento esperado alguno. Los movimientos eran extremadamente escasos y sin embargo extremadamente intensos.

  1. Yo era, con certeza y sin asomo de duda, la estrella en el dosel. Esta estrella era un mundo incomprensiblemente vasto de pura llama.
  2. De repente me di cuenta de que la estrella no tenía tamaño en absoluto. No era que la estrella se contrajera, sino que ella (=Yo) se volvía consciente repentinamente del espacio infinito.
  3. Tuvo lugar una explosión. Yo era en consecuencia un punto de luz, infinitamente pequeño, y sin embargo infinitamente brillante, y este punto “no tenía posición”.
  4. Consecuentemente este punto era omnipresente, y había un sentimiento de perplejidad infinita, cegado por largo tiempo por un torrente de arrebato infinito (utilizo la palabra “cegado” como si hubiese estado bajo coacción; hubiera preferido utilizar las palabras “borrado” o “abrumado” o “iluminado”).
  5. Esta plenitud infinita (no la he descrito como tal, pero así era) fue de repente intercambiada por un sentimiento de vacío infinito, que se volvió consciente como un anhelo.
  6. Estos dos sentimientos se empezaron a alternar con gran rapidez, siempre con brusquedad, y sin solaparse ni una sola vez.
  7. Esta alternancia debió haberse dado unas cincuenta veces (hubiera dicho mejor un centenar).
  8. De repente los dos sentimientos se volvieron uno. Nuevamente la palabra explosión es la única que puede dar cierta idea de ello.
  9. Ahora parecía ser consciente de todo al mismo tiempo, como si fuese “uno” y “muchos” al mismo tiempo. Digo “al mismo tiempo”, es decir, no era que ocurriese sucesivamente, sino instantáneamente.
  10. Este ser, si puedo llamarlo ser, parecía caer en un abismo infinito de Nada.
  11. Mientras esta “caída” se prolongaba, de repente la campana sonó tres veces. Al instante volví a mi estado normal, aunque con una consciencia constante, que nunca me ha abandonado ya desde entonces, de que la verdad del asunto no es este “Yo” ordinario, sino aquel “Eso”, que sigue cayendo hacia la Nada. Los conocedores de la cuestión me han asegurado que puedo ser capaz de retomar el hilo si asisto a otra ceremonia.

 

El tintineo se apagó. La chica sirviente avanzó rápidamente y plegó el armiño sobre los celebrantes. El heraldo sopló una fanfarria, y los Caballeros y las Damas dejaron sus bancas. Avanzando hasta el tablero, nos agarramos a los postes dorados del transporte, y seguimos al heraldo en procesión hasta fuera de la capilla, llevando la litera a una pequeña capilla lateral que salía de la antesala media, donde la dejamos, cerrando luego el guardián las puertas.

 

Nos desvestimos en silencio, y abandonamos la casa. Cerca de una milla más adelante a través del bosque encontramos esperando el automóvil de mi amigo.

 

Le pregunté, si esa era una misa inferior, ¿no me sería permitido presenciar una Misa Superior? “Quizá”, respondió él con una curiosa sonrisa, “si todo lo que dicen de usted es cierto”.

 

Mientras tanto me permitió describir la ceremonia y sus resultados tan fielmente como fuera capaz, pidiéndome únicamente no dar indicación alguna de la ciudad cerca de la que tuvo lugar.

 

Estoy dispuesto a indicar a iniciados del grado de la Rosa Cruz de la Masonería, bajo la cédula apropiada por parte de las autoridades genuinas (porque hay Masones impostores trabajando bajo una cédula falsificada), la dirección de una persona dispuesta a considerar si son aptos para afiliarse a una Sede que practique ritos similares.

 

XVI

 

Considero superfluo continuar con mi ensayo sobre los Misterios y mi análisis sobre el “Entusiasmo Energizado”.

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